La bruja Pirula y el jarabe para la tos que explotó

Afuera brilla el sol y éste hace brillar las hojas de los árboles que crecen alrededor de la casita de la bruja. Entre las gruesas capas de musgo en la tierra han crecido en los últimos días muchas flores estrelladas blancas. Son las que más le gustan a la bruja Pirula, pero justamente ahora no puede disfrutar de la presencia de las flores estrelladas. Está sentada a la mesa de la cocina y tiene la mirada perdida. Pirula hace solo un año que va a la escuela de brujas, pero ya ha aprendido muchas cosas: sabe preparar las sencillas pócimas mágicas que salen en el libro gordo de las brujas del bosque y, con ayuda de la bola mágica, consigue leer el futuro inminente. Al principio no le salía bien lo de volar con el palo de la escoba para brujas, pero entretanto ya sabe elevarse y volar a un metro por encima del suelo. Las demás alumnas de la escuela tampoco consiguen hacerlo todo a la primera, pero su maestra Abracadabra sabe explicarse bien y las ayuda en todo lo que puede. Sin embargo, ¡hoy todo le ha salido mal, muy mal! «¡Vaya, qué pena, penita pena!», se lamenta Pirula tirándose de los pelos. «¿Qué te ocurre?», le pregunta una vocecita tierna. Desde la lámpara desciende por su hilo una arañita y se columpia delante de la cara de Pirula de un lado a otro. Pirula suspira: «¡Ay, ha sido tremendo, verdaderamente terrible!», le cuenta a su amiga. «Cuando Cheposa, que es la bruja superiora y la directora de la escuela, vino hoy a nuestra clase a inspeccionar todo lo que habíamos aprendido, yo me puse muy nerviosa. La bola mágica se me resbaló de las manos y se fue rodando al suelo. Luego me olvidé por completo de los ingredientes de la tintura quitaarrugas y, para colmo, ¡al final me explotó el jarabe para la tos en la olla!». «¡Qué dices!», exclamó la araña Paña profiriendo un chillido. «¿Cómo te ha podido ocurrir todo eso?» Pirula gime: «Pues no lo sé exactamente. Creo que confundí los polvos mágicos Toximoxi con el tomillo. Y eso que a las aprendices no nos dejan sacar del estante el frasco de Toximoxi. No me lo puedo explicar, pero justamente en el momento en que la bruja superiora Cheposa estaba mirando en la olla, ésta comenzó a burbujear y a hervir… y a continuación hubo un estallido y, ¡paf!, la bruja superiora quedó cubierta de una papilla verde de la cabeza a los pies». «¿De verdad?», pregunta Paña. «¡Sí, de verdad! Así ha ocurrido, qué mala pata…», responde Pirula. «¡Qué mal lo he pasado!», dice tirándose de nuevo del cabello. Entretanto tiene la melena desgreñada y muy enredada. «¿Y qué te ha dicho Cheposa, o tu maestra Abracadabra?», pregunta Paña. «¡Ni idea! Me fui corriendo de allí y me vine directamente a casa», responde Pirula sorbiéndose los mocos. «¡Santo cielo bendito!», exclama la arañita. «¿Y no has pedido perdón?» Pirula niega con la cabeza. «¡No, no, no! ¡Las cosas no se hacen así, caramba!», reprende Paña a la aprendiz de bruja. «Ya lo sé», contesta Pirula, «pero es que no me atreví. Seguramente me pondrán ahora tantas tareas de castigo que no sabré por dónde empezar, ya verás».
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«¡Bueno, pero a pesar de eso tienes que pedir perdón!», dice Paña con un tono firme en su voz. «Vamos, yo te acompañaré y verás que podrás disculparte, anda», le ofrece la araña a su amiga. Pirula suspira, pero a continuación se levanta de la silla, se pone el sombrero de bruja y se echa la capa por encima. «Es verdad, tienes razón. Ven, ponte aquí en mi hombro, Paña, y así puede que me atreva a disculparme». Las dos amigas salen de la casita y se ponen de camino hacia la escuela de brujas. Una vez llegadas allí, la aprendiz de bruja llama tímidamente a la puerta de la directora, presiona con cuidado el picaporte hacia abajo, abre la puerta y mira dentro de la habitación. La bruja superiora Cheposa y su maestra Abracadabra están reunidas. A Pirula se le sobresalta el corazón. «¿Querías hablar con nosotras?», pregunta la directora. La aprendiz de bruja asiente tímidamente con la cabeza y tartamudea: «Sí, bueno, yo… ejem… yo quería… pedir perdón por… bueno… siento mucho que el jarabe para la tos…». Pirula se interrumpe y se pone roja como un tomate. No le es posible continuar hablando. «¡Ah, pequeña aprendiz de bruja, no pasa nada!», la tranquiliza Cheposa. «¿Sabes? Cuando nosotras éramos todavía aprendices de bruja, nos pasaron también montones de casos así». «¡Es cierto!», confirma Abracadabra y se pone a contar: «Una vez me resbalé de la escoba y mi maestra tuvo que venir a sacarme de la copa de un abeto muy alto». «Y a mí me explotó también una vez una pócima mágica», añade Cheposa. «¿De verdad?», pregunta Pirula sintiéndose cada vez mejor. «Durante mi examen para maestra de brujas no controlé a tiempo la temperatura de la caldera y poco después todo quedó envuelto en una nube azul apestosa. Qué desastre. Días después aún seguía oliendo yo muy mal», cuenta Cheposa. «Puedo decir que fue una suerte que tu jarabe para la tos no tuviera ningún olor raro sino que tan solo fuera verde y con consistencia de mocos. Pero tienes que prometerme que de ahora en adelante pondrás más atención en la composición de los ingredientes», añade la bruja superiora dirigiendo una sonrisa a Pirula. «Me alegra que hayas reunido el valor suficiente para pedir perdón. Las cosas no siempre funcionan como una quisiera, pero hay que saber reconocer los errores y aprender de ellos», le dice Abracadabra a su aprendiz de bruja. «¿Lo ves?», le susurra Paña al oído a su amiga. Pirula asiente y se despide aliviada. «¡Vaya día de escuela más loco!», le dice afuera a Paña. «Lo primero que tengo que hacer es tomarme una taza enorme de manzanilla». «Tal vez necesitas llevar gafas si no lees bien los rótulos de los frascos», le propone la arañita. «No, no es necesario, solo tengo que prestar más atención la próxima vez», dice Pirula adentrándose en el bosque de las brujas con su amiga encima del hombro. «¡Esas flores estrelladas tan bonitas de ahí enfrente las puedo ver con toda claridad!“, dice con una amplia sonrisa.