Historieta: Titus Tentáculus en apuros

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«¡Tierra a la vista!», exclama el marinero desde la vigía, y todos los monos-pirata van corriendo a la borda a mirar. En efecto, allí, frente a ellos, en mitad del infinito océano de aguas de color azul marino, hay una pequeña isla solitaria que está mucho más alejada de tierra firme que las demás islas. «¡Vamos, marineros gandules!», grita el capitán. «¡A toda vela hacia la aventura! ¡En esa isla de ahí nos está esperando un fabuloso tesoro!». El intenso oleaje hace que el barco de los piratas se balancee y el fuerte viento tensa violentamente las velas.

«¡Cuidado! ¡Hay fuertes corrientes marinas y rocas salientes!», exclama el marinero desde lo alto del mástil. Está sentado allá arriba, en su puesto de observación, y tiene una buena visión panorámica. El timonel hace virar el barco con cuidado para rodear el arrecife y mantiene la vista clavada en la pequeña isla. Pero ¿qué es eso de ahí? Frente a la isla sobresale de las aguas un montículo de color rojo brillante. El timonel parpadea sorprendido. No. Sus ojos no han visto mal. «¡Capitán, mira allí enfrente!», exclama horrorizado. Lo que ve le produce un escalofrío.
El capitán abre los ojos como platos, saca el catalejo y mira por el visor: frente a la playa de arena blanca del islote se retuerce un gigantesco pulpo en las aguas poco profundas. Sus largos tentáculos azotan las olas y las hace espumear de tal modo que parece que las aguas estuvieran en ebullición. Pero entonces, el gigantesco animal se calma de repente y se queda completamente quieto. «¡Mantén la calma!», dice el capitán a su timonel. «Pon rumbo a la orilla de levante. Allí están planas las aguas de la playa y así rodearemos al pulpo».

El timonel corrige el rumbo y el barco de los monos-pirata vira ligeramente hacia la nueva dirección. Sin embargo, cuando ya están a la altura del pulpo, al cocinero de la cocina de a bordo, que se encuentra dentro del casco del barco pirata, se le cae al suelo una fuente de ensalada de plátanos. El estampido es ensordecedor y puede oírse muy bien desde la cubierta. «¡Grandísima desgracia de pirata patoso!», grita el cocinero y profiere una sarta de palabrotas. El capitán y el timonel se estremecen… pero ya es demasiado tarde. Las aguas en torno al pulpo comienzan de nuevo a bullir y a burbujear. Y vuelve a sobresalir una cara gigante por encima de las aguas.

«¿Quién osa acercarse a mi isla?». La voz del pulpo retumba como los truenos en una tormenta. Pero el capitán no se deja achantar y avanza con firmeza y seguridad a la borda. «Yo soy el capitán Alfonso, el capitán pirata más terrible, más peligroso, más valiente, más tremendo, más etcétera, etcétera, etcétera, de los siete océanos. ¿No has oído hablar de mí? Pues soy el capitán de esta osada tripulación de corsarios y soy quien tiene la palabra aquí».

«Vaya, vaya... Así que eres el capitán pirata más terrible, más peligroso, más valiente, más tremendo y más etcétera, etcétera, de los siete océanos. ¡Eso lo he oído yo ya muchas veces, pero a nadie le ha servido de nada! ¡Yo soy Titus Tentáculus y voy a demostraros quién tiene aquí la palabra!», vocifera el pulpo, extiende sus largos tentáculos y comienza a elevar el barco de los piratas por encima de las olas. Pero acto seguido vuelve a dejarlo caer y comienza a chillar. «¡Ay, ay, ay!», exclama llorando el pulpo con tanta energía que a los monos-pirata les retumba en los oídos. Se tapan rápidamente las orejas y se reaniman. El capitán dirige la mirada al pulpo. Titus Tentáculus se revuelca en las aguas y no deja de lamentarse.
 

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«¡Eh, capitán!», dice el timonel, «mira las ventosas de sus tentáculos». Al capitán también le llaman la atención las ventosas porque están muy enrojecidas y llenas de astillas. «Creo que el pulpo está bastante herido», constata el capitán. «Eso es bueno para nosotros. Así podremos agenciarnos ahora el tesoro y él no se dará cuenta de nada». Pero el capitán Alfonso está equivocado: apenas pone rumbo el barco pirata en dirección a la playa, el pulpo se les pone delante. «Eh, vosotros, piratitas mequetrefes», vocifera Titus Tentáculus, «es verdad que no estoy en forma ahora, pero no por ello me vais a tomar el pelo».

El capitán piensa un poco y le hace una propuesta: «Bueno, Titus Tentáculus, es evidente que tienes un buen problema con tus tentáculos. Nosotros podemos quitarte las astillas, pero a cambio queremos tu tesoro. Así, tal como estás ahora, no tienes ninguna probabilidad de vencernos, así que mejor que aceptes nuestra propuesta». Titus Tentáculus se sumerge en las aguas soltando burbujas, pero vuelve a emerger inmediatamente.

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«Bueno, vale, tenéis razón. Los últimos barcos pirata que pasaron por aquí estaban tan destartalados y la madera estaba tan podrida que se quebró enseguida y me dejaron los tentáculos llenos de astillas clavadas al hundirlos. No, no os voy a regalar todo mi tesoro a cambio, pero sí voy a daros una moneda de oro a cada uno como recompensa». «¡No vale! ¡Nosotros queremos tres monedas por cabeza!», reclama el capitán Alfonso. «Comenzamos con cuatro de tus ocho tentáculos y entonces nos das las monedas de oro. Y a continuación nos ocuparemos de tus otros cuatro tentáculos».

Titus Tentáculus acepta a regañadientes y extiende sus tentáculos en dirección al barco. Los monos-pirata escalan con habilidad por las ventosas y van sacando las astillas. Después de haber limpiado cuatro tentáculos, Titus Tentáculus les pone en la cubierta un cofre con monedas de oro. Los monos-pirata cumplen con su palabra y le limpian los tentáculos restantes. «Os agradezco vuestra ayuda», dice Titus Tentáculus en un tono de reconocimiento. «¡Pero ahora proseguid vuestro viaje y no intentéis robar mi tesoro nunca más!» Los monos-pirata izan las velas y ponen rumbo a la siguiente isla. «¡Adiós!», exclama el capitán Alfonso despidiéndose, «y ya sabes que yo soy el capitán pirata más terrible, más peligroso, más valiente, más tremendo, más etcétera, etcétera, etcétera, de los siete océanos. ¡Cuando hayamos conseguido los tesoros de las demás islas, regresaremos a ésta, no lo dudes!». Con estas palabras hace un gesto de despedida con su sombrero negro de pirata y dirige al pulpo una sonrisa burlona.
 

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¿Quién quiere probar suerte para hacerse con el tesoro? No hay más que montar el juego Titus Tentáculus y ya comienza la función. Pero ¡ojo! Únicamente los monos-pirata más valientes conseguirán llegar a la isla del tesoro.